Las llamas se alzaron y la ciencia era ceniza
las llamas que se alimentan de lo que es perecedero
Acechaba sus anhelos,
ser como aquél que era su juez y su verdugo
Los retazos de su cuerpo latían al unísono
No hubo otro
y cuando hubo otro tampoco fue suyo
La hilandera tensa el hilo,
ve los nudos.
No le servirá para el tejido.
Se siembra el terror
bajo la silenciosa custodia del Olimpo
La crueldad no eran sus actos,
la crueldad era haberle dado un alma.
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