A veces miro demasiado a las personas, a veces no. Me concentro sólo en el sonido de mis pasos, la cadencia de mi respiración. Observo mi reflejo en las vidrieras en lugar de lo que en ellas se exhibe. Y no sé por qué me miro. Pero me miro y pienso en las veces que fingimos hablar por teléfono o enviar un mensaje para que otros piensen que no estamos tan solos. ¿Acaso importa realmente? Nos convertimos en ese reflejo o en esa llamada inexistente. ¿Qué es lo que tiene de malo estar solo? Hay días en los que tiene todo de malo. Podríamos pasar por una plaza, sentarnos al lado de un desconocido y contarle una historia, y dejar que nos cuente la suya. Porque a veces es simplemente eso lo que necesitamos: que nos escuchen y nos cuenten una historia.
Leí alguna vez que somos nosotros mismos sólo cuando creemos que nadie nos está mirando. Cuando camino sola nadie me está mirando. Aunque un par de ojos se encuentre brevemente con los míos. No me están mirando. A fuerza de repetición podemos convencernos de casi cualquier cosa.
Las personas observadoras se jactan de saberlo todo sobre todos, de entender a la raza humana en diversos aspectos ¿Es posible observar hasta captar la esencia? Uno, dos, tres, la esencia es tan abstracta como las matemáticas pero ni por asomo igual de exacta.
Hace frío y mis cavilaciones son interrumpidas por conversaciones periféricas, totalmente triviales en contraste con mi línea de pensamiento. Entonces empiezo a preocuparme por los textos que debería leer para el próximo examen parcial. Me doy cuenta que me duele la espalda y pierdo el lugar en mi cabeza donde me refugio cuando escribo. Pero sigo porque no puedo hacer otra cosa, por más que sepa que luego voy a tachar todas esas líneas garabateadas sin sentido. Se convierte en algo mecánico. Sin darme cuenta llené una página. Es jueves. No estoy sola.
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