Todo comenzó cuando trajeron a casa el vidrio espejado. Al principio me pareció una idea estúpida. Otra de las muchas excentricidades de mi padre y del arquitecto frustrado que llevaba en su interior. Me habían dicho que era más seguro si no podían vernos desde afuera. Yo no entendía por qué no podíamos simplemente instalar una persiana o unas cortinas de color bonito.
Lo injusto era que ese era mi espacio. Nadie lo había querido porque la ventana daba a la calle. A todos les molestaban los ruidos, menos a mí. Me tranquilizaba el rugido de los motores, los murmullos de conversaciones fragmentadas apenas comprensibles. Estaba demasiado acostumbrada a los sonidos de la ciudad. Por eso allí había instalado mi escritorio. Tres de las cuatro paredes eran biblioteca y aún así había libros amontonados en pilas en el suelo. Cuadernos con anotaciones desprolijos llenaban los cajones y había papeles esparcidos por todas partes. Podía pasarme horas en ese lugar escribiendo, leyendo o simplemente pensando. La ventana que daba al exterior permanecía cerrada con una improvisada cortina que consistía en una sábana vieja sujeta por las esquinas al marco superior. Eso hasta el día en que trajeron el dichoso vidrio.
Yo había salido unas horas y al regresar me encontré con todo perfectamente ordenado. Todos los libros en sus estantes, las montañas de hojas habían sido reemplazadas por organizadas pilas prolijamente alineadas y lo más extraño de todo: en lugar de mi cortina había un vidrio reluciente, inmaculado que me permitía observar a los distraídos transeúntes que pasaban por mi vereda. Estaba en shock, no podía creer que se hubieran tomado semejante atrevimiento sin consultarme. Primero de mover mis cosas y segundo de instalarme de prepo ese rectángulo que me recordaba demasiado a un acuario. Ahora sabía lo que sentían los pobres peces, atrapados tras esa condenada muralla transparente. Giré hacia la puerta para encontrar a mi padre apoyado en el marco muy sonriente "no te encanta?" me dijo. Lo odiaba. Detestaba esa violación descarada a mi privacidad pero él estaba tan contento y orgulloso que no quería ofenderlo. "muy lindo" fue todo lo que pude articular conteniendo la ira y pensando que más le valía no haberme tirado nada de lo que estaba sobre el mueble. "tenés que venir a verlo desde afuera!" salí de la habitación y de la casa sólo para complacerlo y allí estaba, como un enorme espejo el vidrio me devolvía mi reflejo a través de las rejas, que habíamos tenido que colocar por seguridad el verano anterior, sin permitirme ver nada de lo que adentro se encontrara. Se veía muy extraño, al fin y al cabo terminaría por acostumbrarme. Mientras tanto, cuando pude volver a estar sola colgué la sábana exactamente donde estaba antes de que la arrancaran sin piedad y cubrí la prueba del delito. La prueba de que todavía vivía con mis padres y no podía hacer lo que se me diera la gana y de que en cualquier momento mi libertad de expresión podía ser guillotinada por un maldito vidrio espejado del infierno.
No era que detestara el vidrio en sí, sino el símbolo, lo que éste representaba para mí. Es más, como yo misma había predicho, acabé por acostumbrarme y un día descolgué la sábana, y otro día me descubrí mirando por la ventana perdida en los autos y la gente que pasaba. Y pensé que tal vez no era tan malo, que podía vivir con eso. Más tarde comencé a divertirme con los que paraban a mirarse en mi ventana, a veces me olvidaba que del otro lado era un espejo. Los veía peinarse, una vez incluso una señora paró a retocarse el maquillaje. Todas esas personas fueron catalizadores de historias y llegué a agradecerle a mi padre por haber colocado el vidrio que finalmente había sido una gran fuente de inspiración.
Una de las tantas veces que me encontraba haciendo mi trabajo de observación paró a mirarse un muchacho. Pero lo que lo hacía diferente al resto de las personas que buscaban su reflejo es que parecía que en realidad no se estaba mirando a sí mismo, me estaba mirando a mí. Fijamente. Era imposible, yo misma había comprobado que no podía divisarse el interior del cuarto desde afuera pero sus ojos estaban fijos en los míos de forma muy convincente. Me sostuvo la mirada por un minuto eterno y siguió su camino. Traté de convencerme de que había sido todo idea mía, que seguro era una casualidad o una ilusión óptica, pero no podía evitar considerar la diminuta posibilidad de que mi cerebro no me estuviera engañando. A la semana siguiente ya había olvidado el episodio, había estado muy ocupada en otros asuntos, pero el mismo día a la misma hora volvió a detenerse frente a mi casa. Volvió a mirarme desafiando las leyes de la física, la biología y vaya uno a saber cuántas ciencias más.
Pasaron las semanas y el patrón se repetía una y otra vez. Mismo día, misma hora. Comencé a obsesionarme. Me sorprendí cancelando planes para estar en casa en el momento justo, hasta llegué a soñar con él. Esperaba que algún día me tocara timbre o hiciese algo diferente, una seña que indicara que efectivamente me veía y que sabía que yo sabía que me veía. Pero no, nada. A los tres meses decidí que no podía seguir así, que debía juntar fuerzas y enfrentarlo de una vez; preguntarle por qué me miraba o si realmente me miraba. Esperé a que se hiciera la hora en que se detenía frente a mi ventana. Pasaron diez minutos. Rarísimo, siempre había sido escalofriantemente puntual. Quince. Media hora. Una hora y nunca apareció. A la semana siguiente tampoco, a la siguiente tampoco. El vidrio comenzó a molestarme de nuevo, como la primera vez que lo habían colocado. No tardé demasiado en volver a colgar la sábana vieja en las esquinas superiores del marco y eventualmente me olvidé del tema. A veces puedo superar las cosas con la misma velocidad con la que me obsesiono con ellas. En verdad casi nunca, pero afortunadamente éste fue el caso.