Después de haber llegado a densidades de población alarmantes en un planeta al que ya no le quedaba metro cuadrado sin habitar y ya ni siquiera alcanzaban las guerras ni las armas biológicas para diezmar una población, los recursos no eran suficientes, los gobernantes de todos los países se vieron obligados a reunirse. Finalmente acordaron en poner en marcha un estricto control de natalidad. Sólo podría concebirse un hijo por familia. Pero a largo plazo la situación no mejoraba, entonces debieron tomarse medidas más dramáticas. La raza humana debía extinguirse. Aunque sonara a un extrañísimo plan el suicidio de la especie parecía lo más razonable. Nadie estuvo jamás al tanto de la información clasificada acerca de las verdaderas razones por las cuales semejante decisión había sido tomada pero todos los ciudadanos del mundo debieron acatarla, puesto que quien no lo hiciera sería violentamente forzado. Así comenzaron planes de esterilización en todos los hospitales, sanatorios y dispensarios. Allí les tomaban las huellas digitales y registraban el procedimiento en una base de datos que serviría para comparar con el posterior censo durante el cual nadie podría salir de su domicilio. Las embarazadas eran obligadas a abortar y si ya estaba demasiado avanzado, el feto era removido por un simple procedimiento quirúrgico en el que aprovechaban para estirilizar a la mujer en cuestión. Pero siempre es difícil controlar todas las situaciones, basta con prohibir algo para que lo deseen con más fuerzas. Cuando una mujer se ausentaba del trabajo mucho tiempo era denunciada por sus compañeros. El número de desaparecidas crecía cada vez más y se sospechaba que estaban siendo torturadas en alguna parte. No exisitía piedad ni compasión.
No entendía cómo podían haberle lavado el cerebro tan rápido a tantas personas. Ella era muy chica cuando todo había comenzado pero siempre había estado bien informada. Su madre estaba desaparecida, es decir, muerta, pero sabía que se había encargado de que ella pasara por los procedimientos pertinentes y por lo tanto se suponía que estaba fuera de peligro. Había vivido un tiempo con la familia de su padre pero enseguida se independizó y volvió a la casa en la que había crecido. Llevaba la vida más normal que podía, pero ese día había salido a hacer una compra clandestina. Una vez conseguido el producto emprendió el regreso. Lo llevaba oculto bajo el abrigo, después de lo que le había costado conseguirlo lo último que necesitaba era que se lo quitaran y la detuvieran. Apuró el paso mirando sobre su hombro cada tanto aunque no lo suficiente como para levantar sospechas. Sólo podía escuchar el sonido de su respiración y de sus zapatos contra la vereda. Ya había oscurecido y la temperatura había disminuído significativamente. Nadie la miraba cuando abrió la puerta de su casa y se desplomó en el sillón aliviada. Sacó la cajita del bolsillo, le temblaban las manos pero necesitaba saber si su vida iba a cambiar drásticamente o si podría irse a la cama tranquila de que sólo había sido un susto. Ya no quería demorarlo más. Se metió en el baño, sacó la varilllita de plástico de la caja y siguió las instrucciones que estaban escritas al costado de la misma. Esperó. Cuando hubo pasado el tiempo estipulado le latía el corazón que parecía que iba a salírsele. No podía mirar, no quería. Pero era una estupidez, realmente no era posible, lo único que iba a pasar era la confirmación de que todo eso había sido producto de su paranoia y que en realidad estaba bien, igual que siempre. No sabía en qué momento había cerrado los ojos pero cuando los abrió tuvo que taparse la boca para ahogar un grito. Pudo ver nítidamente un signo "+" color rosa. Estaba embarazada y la iban a matar.
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