martes, 5 de enero de 2016
18/3/2015
Miraba los estantes por mirarlos porque hacer tiempo era igual de aburrido en cualquier parte. Ya ni siquiera le ponían el precio a los discos supongo que para no tener que remarcarlos. Los libros siempre me habían dado una falsa sensación de seguridad aunque no estuviera haciendo más que mirarlos fijamente. Reconocí un título, una vez me había sentado junto a alguien que estaba leyéndolo en el colectivo. Otro que me había recomendado un amigo. Lo hojeé aburrida sabiendo que de todos modos no iba a comprarlo porque no tenía plata y porque no tenía tiempo. No estaba segura de a qué hora cerraba la librería. Apenas habían pasado 25 minutos de espera. Esperaba porque no había querido decir la verdad. No había dicho la verdad porque mis padres iban a tener una reacción adversa a mis deseos. Es decir, no iban a dejarme hacerlo. Por eso ahora tenía dos horas y media de dolorosa espera. Crucé miradas con el guardia de seguridad. Él también estaba esperando. Esperando que se terminara su turno para poder dejar de estar parado esperando que alguien se robara algo para que su trabajo valiera la pena. Esperábamos juntos aunque él no lo supiera. Tal vez los demás se preguntaran qué hacía la chica bajita de pelo violeta con su celular en la mano frente a libros de ilustraciones de la Segunda Guerra Mundial. Tal vez ni siquiera se daban cuenta de que yo estaba ahí tipeando estas palabras para pasar el tiempo porque necesitaba desesperadamente hacer cualquier cosa.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario