miércoles, 24 de febrero de 2016

Mi abuela no llegó a enseñarme a cocinar. Se fue en la etapa de hacerme vestiditos, jugar con plastimasa y enseñarme a limpiar las hojas del jazmín enfermo de su patio. Llegó a comprarme los postrecitos que me gustaban y a enseñarme a hacer manualidades con goma eva, tela y tubitos de papel higiénico. Se fue antes de ser mi confidente o de poder contarme para alguna tarea de la escuela sobre cómo era vivir cuando era joven. Se fue el año después que nos mudamos y nunca pudimos ordenar del todo. Se fue y está en el olor a pegamento universal, el ruido de la máquina de coser y el perfume de los jazmines.

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