martes, 9 de octubre de 2012

Demonios

Volvían a aparecer, porque siempre era de noche en su cabeza. Se supone que la oscuridad los fortalece verdad? Si eso era cierto entonces siempre estaba oscuro, o tal vez los suyos habían desarrollado la capacidad de acechar con la misma fuerza durante el día. Era una prisión tan negra que no podía ver sus propios pies. Esa era su propia condena. Los estaba esperando pero no podría hacerles frente y lo sabía. Los oía respirar en algún lugar a su alrededor, podían ser millones o solo dos. Tampoco podría precisar dónde se encontraba, si era un lugar abierto, tal vez un bosque, una playa, o cerrado como una pequeña habitación acolchada del subconsciente. El silencio era abrumador, sólo las respiraciones eran audibles, una multiplicación de la suya. Salir era imposible e intentar escapar completamente ridículo. Estaba en su habitación y los autos se detenían en el semáforo de la esquina. Estaba en la habitación acolchada y desconcertante. Sonaba el teléfono, atendió y mantuvo una cordial conversación con la persona al otro lado de la línea, mientras se encontraba en completo silencio expectante atenta a cualquier cambio en las serenas respiraciones casi animales. Estaba cenando con su familia. Estaba aovillada en la esquina que imaginaba la protegía. Estaba acostada. Estaba confundida, no sabía si tenía los ojos cerrados o abiertos, si estaba consciente o inconsciente. El silencio era absoluto, las respiraciones cesaron. Recostada esperando el sueño sintió la humedad de sus ojos. Tal vez era el miedo. Contó hasta tres en el rincón a ciegas. Inútil. Atacaron.

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