jueves, 8 de noviembre de 2012
Son las seis menos cuarto de la tarde, ayer soñé que me moría. Creo que fue peor que aquella noche que soñé que se terminaba el mundo, al fin y al cabo allí todos íbamos a morirnos. Por eso no importaba pero igual tenía miedo. Esta vez fue diferente, iba en un tren, puede que fuese de carga y moría de frío en un vagón. Luego descendía en algún lugar. Había mucha gente, pocas caras conocidas. Era una especie de biblioteca con café pero todo estaba muy desordenado para saberlo con exactitud. Lo único seguro era que yo estaba muerta. Y cuando me sentí cómoda volví a tomar el tren y el lugar del descenso era el mundo. Nadie podía verme y no me extrañaban. Eso era lo que dolía. Además habían publicado algunos de mis poemas en una antología. De qué me servía ahora! Igual nunca escribí para que me lo reconozcan. De todos modos me llevé un ejemplar y volví a mi vagón que era otro. Le mostré el libro a los del otro lado y no me felicitaron, concluí que carecía de sentido. Me desperté con el corazón estrujado. Y ahora escribo cosas tan vanales como que son las seis menos cuarto de la tarde y tuve una pesadilla.
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