Volvimos
a la tierra
que
excavaron para nosotros
que
ayudamos a excavar
para
los otros
Regresamos
a la calma
deshaciendo
el clímax del estruendo
Estallamos
en silencio
Los
fragmentos se clavaron
debajo
de las uñas
en
la carne del tiempo
Encontramos
una mano. Destruida.
Aferrada a un corazón que latía
Le
chorreaba la vida entre los dedos
La
miramos fluir obnubilados
Ciegos
de la dicha de repente
del
anhelo de hundirnos
con
la perfecta sincronía de una piedra
Canto
rodado
que
rueda cantando
la
canción que nos dormía
cuando
apenas éramos cosa
Aprendimos
a ser
actores
de este circo inútil
de
la noche que se cierra (para abrirnos
en
el pecho el agujero
negro
del olvido) jadeante
Tomamos
una bocanada
de
aire. Dulce. Dulcísimo.
Nos
quemamos
Nos
incendiamos
Con
el único deseo
de
seguir ardiendo
exultantes
en la hipnosis
de
la llama que roe
hasta
el centro, corroe
hasta
abrasar el alma
en
un abrazo férreo
Tan
sublime, tan letal.
Mordimos,
masticamos,
saboreamos
la condena
Roja,
deliciosa,
jugosa
pérdida.
Hoy
ponemos tierra
y
una piedra
como
recordatorio
y
confesamos que nos gusta olvidar
que no somos
inmortales.
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