miércoles, 30 de octubre de 2013

Humanidad

Volvimos a la tierra
que excavaron para nosotros
que ayudamos a excavar
para los otros

Regresamos a la calma
deshaciendo el clímax del estruendo
Estallamos en silencio
Los fragmentos se clavaron
debajo de las uñas
en la carne del tiempo

Encontramos una mano. Destruida.
Aferrada a un corazón que latía
Le chorreaba la vida entre los dedos
La miramos fluir obnubilados
Ciegos de la dicha de repente
del anhelo de hundirnos
con la perfecta sincronía de una piedra

Canto rodado
que rueda cantando
la canción que nos dormía
cuando apenas éramos cosa

Aprendimos a ser
actores de este circo inútil
de la noche que se cierra (para abrirnos
en el pecho el agujero
negro del olvido) jadeante

Tomamos una bocanada
de aire. Dulce. Dulcísimo.
Nos quemamos
Nos incendiamos
Con el único deseo
de seguir ardiendo
exultantes en la hipnosis
de la llama que roe
hasta el centro, corroe
hasta abrasar el alma
en un abrazo férreo
Tan sublime, tan letal.

Mordimos, masticamos,
saboreamos la condena
Roja, deliciosa,
jugosa pérdida.
Hoy ponemos tierra
y una piedra
como recordatorio
y confesamos que nos gusta olvidar 
que no somos
inmortales. 

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