No podía escribir, me movía con
ademanes histéricos por la habitación, describía un semicírculo con el
cigarrillo. Con un cigarrillo imaginario porque no fumo. Excepto pasivamente en
los pasillos de la universidad. Porque todos los intelectuales deben
intoxicarse un poco o al menos los que quieren parecer intelectuales. Me gusta
imaginar cosas.
Estaba en mi pequeño universo de
locura intentando encontrar una hebra de sentido que me empujara a una primera
frase o un primer verso (últimamente me costaba mucho la prosa). Necesitaba
escribir antes que mis manías se apoderaran de mi cuerpo y me nublaran la vista.
Toqué los bordes del vacío redondo de mi mente. Me desesperé. Me senté para
dejar de dar vueltas frenéticas y cerré los ojos. Las manos firmes en el borde
del escritorio. Respiré hondo. No pude evitar la carcajada.
Me reía de mi misma y de lo
trágica que me pongo a veces. Como si el mundo fuera a acabarse, como si todo
fuera obscuro y no hubiese un instante de felicidad en el futuro. Porque
realmente es muy gracioso cuando uno se pone a pensarlo. No todo es tan malo
como puede parecer a los 18 años. Probablemente no voy a morir sola. Aunque las
cosas sean un asco la mayoría de las veces.
Necesitaba completo silencio y
dejar de distraerme. No lograba superar los tres párrafos coherentes y empezaba
a tomarlo como un fracaso personal. Bueno en realidad era eso, un fracaso
personal. Irónicamente lo más mío eran mis fracasos. Tengo una asombrosa
capacidad para recordar cada uno de ellos y jugar a repetirlos en mi cabeza una
y otra vez antes de dormir. También suelo pensar en los buenos momentos que se
fueron y en cosas que jamás van a pasar pero me gustaría. La cuota diaria de
masoquismo y auto compasión viene en las últimas horas de consciencia antes de
poder abandonarse al sueño que es el único espacio de absoluta libertad. En
realidad lo sería si supiéramos que estamos soñando puesto que mientras nos
mantenemos en la inconsciencia nos rigen las reglas del imaginario. Pero si nos
damos cuenta que es todo un inexplicable juego psicológico ya no tendría
sentido. Comenzaríamos a manipularlo y como todo buen ser humano acabaríamos
por convertirlo en negocio y paulatinamente en perjudicial, tóxico. A veces es mejor que las cosas se
queden como están.
De lo único que estaba totalmente
segura era que quería escribir y no podía jactarme de tener demasiadas
certezas. Escribo porque le tengo miedo a la muerte y sé que así viviría para siempre.
Escribo porque la verdad es que no sé por qué escribo y la ignorancia es
absoluta felicidad. Escribo para no hundirme y ahogarme en un océano de
pensamientos inconexos. Escribo. Al fin.
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